Por Iñaki Gainzarain @igaztelu
El Régimen ha tenido éxito, al menos hasta ahora, en su propósito de colocar a la oposición en el marco del Síndrome de Estocolmo en la Venezuela Siglo 21 (*1).
Desde el infausto momento en que convalidamos las captahuellas (2006), nos introdujimos en un túnel sin salida. Y digo convalidamos, porque al final, cualquiera en su sano juicio y con un mínimo de “curiosidad en la nube” hubiera podido encontrar respuestas a la pregunta clave: ¿de verdad existe un aparatico que permita comparar en unas elecciones miles de huellas contra millones de huellas en menos de un segundo? (*2).
Recordemos que la reacción popular al referéndum revocatorio del 2004, momento en que el cerebro del siquiatra Rodríguez impuso el aparatico, no se hizo esperar: la gente común y corriente no se creyó el triunfo del gobierno, y como respuesta concreta se abstuvo masivamente (casi el 85% de la población no votó) en las elecciones del 2005. Los estudios matemáticos sobre el revocatorio, coordinados por expertos vinculados a Esdata, terminaron dándole la razón a esa sensación popular de fraude. (*3)
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